03Puntos de partida · UNIVDEP
Esta pregunta aparece una y otra vez en On Grand Strategy, un libro publicado en 2018 por el historiador estadounidense John Lewis Gaddis.
Gaddis pasó décadas estudiando cómo líderes, gobiernos y sociedades tomaron grandes decisiones. También fue uno de los profesores del reconocido seminario sobre Gran Estrategia de la Universidad de Yale. Después de recorrer más de dos mil años de historia, encontró un problema que se repite de maneras muy diferentes.
Los seres humanos podemos imaginar casi sin límites. Podemos proponernos terminar una carrera, crear una empresa, dirigir una organización, transformar una comunidad, desarrollar una idea, viajar, investigar, diseñar algo nuevo o construir una vida determinada. Nuestras aspiraciones pueden crecer enormemente.
Nuestros recursos, en cambio, siempre tienen algún límite. Tenemos una cantidad determinada de tiempo. Nuestros conocimientos son incompletos. El dinero no es infinito. No controlamos todas las circunstancias. Dependemos de otras personas. Y muchas veces ni siquiera contamos con toda la información que necesitamos para decidir.
Para Gaddis, ahí comienza la gran estrategia:
Aprender a relacionar lo que queremos conseguir con las capacidades que realmente tenemos para hacerlo.
Eso no significa conformarnos con metas pequeñas. Significa comprender la distancia que existe entre el lugar en el que estamos y aquel al que queremos llegar. Y hacer algo al respecto.
Tus capacidades actuales no tienen que ser tus capacidades futuras
Reconocer nuestros límites no significa aceptarlos como permanentes. Si todavía no tienes los conocimientos necesarios para conseguir algo, puedes aprender. Si no tienes experiencia, puedes comenzar a adquirirla. Si un problema es demasiado grande para resolverlo solo, puedes buscar colaboración. Si no cuentas con determinados recursos, quizá puedas construirlos, conseguirlos o encontrar una manera diferente de utilizarlos.
La estrategia funciona, por tanto, en dos direcciones:
Podemos ajustar nuestras metas a nuestras capacidades, pero también podemos desarrollar nuevas capacidades para alcanzar metas mayores.
Lo importante es no engañarnos acerca de la distancia que existe entre unas y otras.
Entonces, ¿para qué sirve un plan?
Un plan es importante porque nos permite decidir qué hacer. Pero un plan no es el destino.
Imagina que quieres llegar a un lugar determinado y descubres que la carretera que habías elegido está cerrada. Tienes al menos tres posibilidades.
Solamente la tercera mantiene tu propósito y, al mismo tiempo, reconoce la realidad.
Ésta es una de las ideas más interesantes que podemos extraer de Gaddis:
Tener una dirección clara no exige seguir siempre el mismo camino.
De hecho, algunas veces ocurre exactamente lo contrario. Aferrarnos a un plan que dejó de funcionar puede ser la mejor manera de alejarnos de aquello que originalmente queríamos conseguir.
Y para explicar esta aparente contradicción, Gaddis recurre a dos personajes inesperados: un erizo y un zorro.